Es un sentimiento muy humano el hecho de querer a toda costa aquello que creemos inalcanzable. Es como cuando admiramos incondicionalmente a nuestros artistas. Son ídolos, son mitos, porque son inalcanzables.
Algo parecido le pasa al oro. Es un metal precioso, complicado de extraer. Históricamente ha servido de moneda de cambio, siempre ha sido un patrón de valor en la economía… El oro marca elegancia, la diferencia. No solamente en esas joyas que nos regalan, también, por ejemplo en las medallas. No es casualidad que el primer premio sea precisamente la medalla de oro.
De hecho, y esto me resultó muy curioso cuando lo leí, en los Juegos Olímplicos se fijó que el tercer premio sería de bronze porque para entonces se creía que era un metal noble. Sin embargo, es una aleación de cobre y estaño. Aún así, se sigue manteniendo el ritual, por tradición.
Otro caso es, por ejemplo, el de las bodas. No sé vosotros, pero yo compro oro, aunque sea blanco, para el matrimonio. Y el color dorado lo asociamos indiscutiblemente al lujo, a la grandeza de las construcciones eclesiásticas y reiales…Incluso podemos hablar de todo el empeño que hay hoy en día bajo el lema de sosteniblidad y el reciclaje de este mineral, como hacen los japoneses y muchas empresas en Europa, como Oropostal.es.
Y la apuesta, insisto, no deja de ser por aquello recóndito y perfecto. Un mineral escondido en minas, duradero, difícil de falsificar… Todo esto me hace reflexionar sobre el instinto de superación humano y la voluntad, casi ciega, de querer alcanzar las estrellas.